lunes, 22 de julio de 2013

Estrategias para no empujar el lápiz


Como en los estudios grandes se espera que estemos disponibles 24/7, cuando nos tomamos un recreo (ya sea bien merecido o no) muchas veces nos sentimos obligados a incurrir en ciertas maniobras para que nuestros jefes crean que estamos trabajando (y no estamos de casualidad porque "fuimos al baño" o nos "estamos preparando un café") cuando en realidad nos estamos esparciendo.

 
El clásico bajar-al-kiosco-sólo-con-la-billetera-pero-dejar-el-tapado-y-la-cartera-en-el-box forma parte del ABC del ejercicio de la abogacía, que los “first-year associates” se ven obligados a asimilar para no ser condenados socialmente por sus pares. Tan es así que en el estudio en el que trabajo hay un mito urbano de una abogada que tenía una cartera de más en su placard y que la dejaba arriba de su escritorio cada vez que se iba, para que los socios creyesen que estaba. Otro típico truco es dejar el escritorio desordenado, las carpetas abiertas y la lámpara prendida (apagarla es autoincriminación y como buenos abogados sabemos que nadie puede ser obligado a declarar contra sí mismo).

 
Sobre todas las cosas, hay que evitar la aparición del enemigo máximo del ocio, conocido como el Malvado, Acusador, Delatador, Nunca Bien Ponderado Protector de Pantalla y del Orden Social del Estudio Jurídico (en adelante, el "Protector de Pantalla").


Doy mi reino (que se reduce a una caja de ahorro en pesos y deudas con Visa) y más para evitar la sentencia de muerte que emite el Protector de Pantalla, rencarnación moderna del Gran Inquisidor Torquemada, que al aparecer, pronuncia para todos cuanto lo divisan, en un perfecto español ibérico, la condena: "ya lo veis, el abogado dueño de este ordenador no está trabajando; aquí tenéis la evidencia de su insolencia que os proveo con mi temida presencia; tiradlo a la hoguera por vago y hereje; ha tentado contra las leyes de Dios, la paz, la armonía y el espíritu de trabajo que debe caracterizar al recto jurista".

 
Por eso, en estos días de feria (en que me sobra tiempo, sumado a mis habituales ganas de pavear), estoy honrando un legado confiado por un brillante colega, cabecilla de la Revolución Guerrillera contra el Protector de Pantalla: usar un pedazo de cinta Scotch para que alguna tecla (del teclado, obvio) quede apretada y, entonces, la computadora siga mágicamente "pensando" (seguramente, se puede modificar algo desde Mi PC y listo, pero soy muy limitada tecnológicamente hablando).
 

 

2 comentarios:

  1. Para poder irme antes del trabajo sin que se advirtiera mi ausencia solía dejar en mi escritorio a una de mis múltiples personalidades mientras mi yo legítimo (digamos, mi verdadera personalidad) tomaba su saco, su maletín y rajaba para las escaleras (el ascensor auspiciaba azarosos encuentros con superiores que podían resultar fatales para quien necesitaba escabullirse sin levantar la perdiz ni ningún otra ave similar).

    Así, mientras yo aprovechaba para disfrutar de las últimas luces que proponía la tarde, alguna de mis personalidades permanecía dele que dele con los numeritos y las planillitas. Generalmente, siempre le tocaba ocupar mi lugar al más responsable de mis “yos”, o al más masoquista (si es que no eran el mismo).

    Pasadas varias horas, ya entrada y permanecida la noche, me volvía a encontrar con mi otra personalidad, que volvía a casa con ojeras y con ganas de solamente mirar la tele acostado en el sofá. Eso a veces me molestaba, porque yo había días que tenía ganas de ir al cine y mi otro yo rechazaba la propuesta alegando cansancio. Claro. Siempre la misma excusa.

    Bueno, la cuestión es que la farsa me duró poco, como todas las cosas que se disfrutan y que duran poco. Un día que llegué al laburo me enteré de que el día anterior –luego de mi habitual escapada a hurtadillas- el yo que había dejado con las planillas y los números no había tenido mejor idea que putear a mi jefe, lo que trajo como consecuencia su despido justificado y -cosa inexplicable e injusta- también el mío (¡como si yo también hubiese tenido la culpa!).

    En vano fueron las explicaciones que ensayé. “Sea como fuere” –me dijo el obtuso gerente de Recursos Humanos- “o te echamos por injuriar a tu superior jerárquico, o te echamos por irte antes del laburo y dejar a otra persona en tu lugar. O, ente caso, a la misma”.

    La cosa se complicó bastante, porque mi otra personalidad terminó haciéndole un juicio laboral a la empresa. Y por un error seguramente debido a la burocracia judicial, yo tuve que declarar dos veces: una como absolvente y otra como testigo.

    Al final –y para ir resumiendo- el juicio lo perdió mi otro yo, pero yo me tuve que hacer cargo de las costas.

    Y acá me encuentro hoy. Solo, aburrido y escribiendo en este blog, mientras mi otro yo seguramente estará trabajando en otra empresa y llegando cansado a su casa todos los días después de un arduo día de trabajo.

    La moraleja de esta historia es que si van a escaparse antes de sus trabajos es mejor no dejar a nadie ocupando su lugar. Y mucho menos, dejar a uno mismo.

    ResponderEliminar
  2. Que lindo cuento. Medio psiquiátrico el que lo escribió, pero preciosa la moraleja.
    Conclusión. Hacela bien o no la hagas.
    G

    ResponderEliminar