lunes, 11 de noviembre de 2013

Asociados odiosos y estos...

Estos son los personajes más asqueroros de los Estudios. Ojo, no son categorías excluyentes. Un mismo abogado puede encajar en varias. Veamos.

1) El mini partner: Este showman tiene 25 y es el último vagón del carro, pero a su corta edad ya es un excelente delegador (siempre hay alguien que está más abajo a quien abrochar). Sabe más del management del Estudio que los mismos socios que lo administran ("el Estudio necesita tener esta estructura para atraer nuevos clientes, ¿entendés?"). Siempre está tapado de laburo (o eso aparenta) y OJO, él dice que no le dan la típica bosta que le dan a los demás juniors: está a cargo del nuevo mega deal, que el Director de Legales de la Galaxia Compradora del Universo lo ama y que hasta la contraparte dice que es el mejor abogado de la viiiiida. Se la da de ocupado con sus pares, a quienes intenta venderles que sin él el Estudio se desmorona, pero después invita al socio (su "amigote") a jugar al golf. Se la pasa hablando por teléfono. Su tema preferido: la cantidad de trabajo que tiene ("nos tapó el agua, man!"). A las 8 PM llega el momento en que decide empezar a "empujar" el lápiz. Manda mails en horarios ridículos. Tiene una facturación de la San Pú, mayormente inventada y/o inflada. Un vendehumo que probablemente llegue más lejos que vos y que yo.

2) El stressado: Pobrecito. Es cardiaco y el más mínimo problema le genera ataques de pánico. Corre a la impresora. Va, viene. Se agarra la cabeza cada dos por tres ("Nooo! No te puedo CREER que nos corrieron una vista. Cómo le explico al senior? Cómo? CÓMO?"). A los 30 va a ser completamente pelado. Electrifica al piso. Nadie nunca lo vio salir a almorzar; come solito en su box mientras contesta mails. Checkea 144 veces a ver si los adjuntos de sus correos están en orden. Una vez mando un mail sin el PDF que decía acompañar y le tuvieron que hacer RCP.

3) El vago: Este se equivocó de carrera. Pensó que iba a zafar porque conoce a un par de socios, pero el tipo tendría que trabajar de empleado de Gasalla. A la mañana llega, frena en cada box masculino a hablar de las novedades deportivas de la fecha, y luego procede a leer todos los diarios por habidos y por haber. El único click del mouse que hace en el día es al "refresh" de las páginas de Cancha Llena y del Olé. No pide trabajo y ni siquiera aparenta estar ocupado. Lo único que hizo en todo el año fue copiar las actas del la Sociedad ABC en el libro de la Sociedad XYZ. Su box es un agujero negro y ya lleva perdidos varios documentos originales. Su estadía en el Estudio es una bomba de tiempo: en algún momento, alguien se va a percatar de todas sus metidas de pata, pero por ahora las viene ocultando bastante bien.
Tiene un subtipo, que es el del vago "canchero". Presumido, con aires de alta sociedad, no saluda a nadie (con excepción de sus amigotes), porque son "todosh negroush y grashash". A éste también le encanta hablar de las "minitas". "Bolu'oooo (sin la "d"), viste qué buena qe está Mengana? La del 5to bolu'ooo, la ubicás segurooo, es amiga de Sultana, la que te comiste este verano en Punta. Invitala el viernes al pre que me la quiero bajar".  Cuando no se va a las 6 de la tarde para el entrenamiento de rugby, se va a las 6 y media para hacer fierros.


4) El hijodepú: Este es el peor espécimen de todos. El tipo afana todo, desde la comida de tu tupper (sí, me ha pasado), tus documentos, tu facturación y, lo peor: tus ideas. Te vas al dentista y concierta una reunión con tus jefes sobre un tema a tu cargo (cuando lo único que tenía que hacer él era analizar algo incidental). Nació con un serrucho en la mano. Es otro gran delegador que no le da mérito a los demás (aunque el escrito lo haya hecho el pasante nuevo, él habla en primera persona del singular: "el escrito que YO preparé"). Si tenés la mala suerte de trabajar con él, no te va a copiar en los mails y te los va a reenviar con un "FYI" a secas. Es otro gran delegador que te enchufa un muerrrrrto a las 19 cuando él se está yendo. Lo peor es que tiene el tupé de apurarte ("¿Cómo venís con el memo? Ya deberías ir terminando, ¿no?"). Igual, su apropiación de lo ajeno tiene un límite: llega hasta al visto bueno de los socios; va a ser el primero en soltarte la mano y apuntar el dedito cuando las cosas salgan mal. Ojo, con los superiores tiene una excelente relación. Es maldito pero no boludo.


5) El sabelotodo: Mete cambios ridículos a escritos que nadie va a leer jamás (agrega frases insólitas como "a la postre" y cambia párrafos de lugar, para que el escrito quede BIEN marcado). Maneja a la perfección el arte de hablar durante horas sin decir nada. Manda mails eternos a todo el equipo sobre novedades intrascendentales. Mecha palabras en inglés para hacerle creer a la gente que entiende algo de derecho ("tu input en los exhibits del SPA...", "pasame el draft con mark-ups", "los arising issues", etc.) En las reuniones, hace "preguntas" que en realidad disfrazan comentarios estúpidos para quedar como un abogado genial. Lo único que al parecer no sabe es que es un infradotado.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Reír para no llorar

He vuelto!

Para que se rían un rato, les dejo un rejunte de cagadas que se han mandado mis colegas en sus primeros momentos ejerciendo como bogas. Hay una que me pertenece. 

"Una abogada senior me pidió ayuda para un 123. Imagínense la poca idea que tenía de la vida misma en ese momento, que cuando leí el asunto del mail (Sociedad Menganitus - 123), pensé que me había querido decir 1-2-3 (onda el a-b-c de la Sociedad Menganitus). En el mail me pedía que llamara a una tal Mónica Menganitus, le dijera que había sido designada representante legal de la sociedad y que me pasara una serie de datos para su declaración jurada. Bueno, yo llamé y pedí por Mónica, me dijo 'habla ella' y le dije, con mi mejor voz de anunciante de ganadores de la Lotería Nacional: 'Us-teeeeed ha sido designadaaa representante legal!!!' (chim-pum!!). La mina me pasó sus datos, le mandamos al es-cri-ba-no, firmó todo y... de repente, la senior se dio cuenta que la Mónica a la que yo le había hecho aceptar el cargo era la SECRETARIA de la Mónica Menganitus, que era la designada."

"Tenía que ir a Cámara Comercial a poner una marca de agua, y un compañero de trabajo me dijo que sólo te lo hacían si llevabas dos litros de agua. Algo parecido a cuando en Tribunales te imprimen proveídos y vos le das las hojas que usan para 'compensar'. No les puedo explicarrrr la cara de la persona que me atendió en Cámara cuando le quise dar mi botella de Villavicencio como pago".

"Yo nunca había hecho societario, y el primer día que llegué a ese sector, me senté a trabajar con una abogada sobre la sociedad XYZ. De la nada, me dijo 'Me traes los 60s, please? Deberían estar en tu box'. Entonces agarré, busqué la Guía Filcar (que estaba en mi box) y le busqué los recorridos del (colectivo) 60".

lunes, 29 de julio de 2013

El Diablo se viste de abogada


La ropa de trabajo no hace más que agregarle tortura al flagelo diario y habitual que es ir al Estudio. Estoy segura que la indumentaria abogadil debe ser el dress code del séptimo anillo del infierno.

El pantalón de vestir, que tanto tironea, aprieta, encierra, fue diseñado por un misógino, resentido por el hecho de que las mujeres no son sometidas con los instrumentos de tortura masculina moderna llamados saco y corbata.

Mejor ni hablemos de los elásticos de las medias de nylon de pantalón (te llegás a quedar dormida con eso puesto y al día siguiente te tienen que amputar los pies por gangrena).

Sumemos lo tiesas que son las camisas y el dolor de metatarso de ir y venir a la impresora con tacos, y ya tenemos completo el outfit from Hell.

Lo peor es que, como en los Estudios son todos muy estructurados, la ropa que se sale un poco del Uniforme Abogadil y Profesional no solo es "frowned upon" si no que directamente engendra miradas de radiografía de arriba a abajo con una ceja levantada y, tal vez, un comentario de incredulidad/aprensión (qué nos pusimos hoy?!) o, directamente, de despectividad (vas al circo después de acá?).

Con tantas normas rígidas, las mujeres de los Estudios somos, lamentablemente, categorizadas dentro de estereotipos horrorosos:

1) La clásica, versión pobretona ("La aburrida"). De lunes a viernes, abunda la ropa poco llamativa pero "políticamente correcta". Colores apagados (mucho negro), camisas casi que de uniforme de colegio, sweaters lisos, accesorios tranquilos. Por miedo a pifiarle, esta chica saturnina va siempre a lo seguro. Básicamente, hombres (y mujeres) se quedan dormidos de tan sólo mirarla.

2) La clásica, versión adinerada ("La ejecutiva"). También es sobria pero los cortes de la ropa son impecables y los géneros que usa, exquisitos. Se viste con las grandes marcas: Prada, Chanel, Carolina Herrera, Dior... Es poderosa y femenina. Sus uñas están siempre perfectamente hechas (el esmalte le combina con la ropa y con el rouge) y se hace día por medio brushing en su peluquería de toda la vida. Cuando un tipo fantasea con una CEO de una Fortune 500, se imagina a esta mujer.

3) La desubicada I ("La-que-cree-que-ir-a-trabajar-es-ir-a-bailar"). Nadie se olvida de la vez que cayó con un strapless. También llegó a usar un mono (anécdota que la inmortalizó y que se cuenta en todas las fiestas de fin de año: "te acordás cuando Mengana..." ). Su uniforme son los "spaghetti straps" con escote (a pesar de ser voluptuosa) y tacos de 20 cm (normalmente zancos). Tiene el típico look "descuidado" pero cancherísimo. Se pinta las uñas de colores rabiosos. Está más buena que comer McDonald's a las 6 AM.  Es la fantasía del socio, del senior, del pasante, del de biblioteca, del cadete...

4) La desubicada II ("La-pasante-que-se-cree-senior"). Este espécimen, gracias a Dios, está en extinción. La Generación Y logró desterrarla. No sabe lo que es dejar un oficio a confronte ni qué es un Libro de Actas de Asamblea, pero la tipa va con tailleur a Tribunales.

5) La que siempre está impecable ("La envidiada"). No me pregunten cómo hace. Esta mujer combina moda, estilo y elegancia. Está siempre bien vestida, sigue los lineamientos del Estudio, pero con un toque fashion que la hacen quedar como femenina y profesional a la vez. Sus outfits están tan bien armados que podría, con un mismo conjunto, salir con Audrey Hepburn y sentarse a negociar con Hillary Clinton. Señores y señoras: aplausos de pie, por favor, para esta mujer.  
***

Lamentable, ¿no?

Me encantaría poder destruir estas categorías y deshacernos, de una buena vez, de las estructuras que caracterizan a la profesión.

En el Estudio Jurídico del paraíso, te podés poner tu remera de algodón más gastada, con un buzo de capucha, medias de algodón y el jean que, de tanto usar, ya está amoldado a tu cuerpo. Y te juzgan por lo que tenés en la cabeza. No por tu aspecto.

Baaah, en realidad, en un mundo ideal, no habría necesidad de abogados... Así que lo accesorio (la ropa abogadil) sigue la suerte de lo principal (el Derecho) y no existe...

Pero, por ahora, yo me estoy yendo (sin escalas) al infierno, así que voy a ir armando la valija con mi odiado pantalón.

lunes, 22 de julio de 2013

Estrategias para no empujar el lápiz


Como en los estudios grandes se espera que estemos disponibles 24/7, cuando nos tomamos un recreo (ya sea bien merecido o no) muchas veces nos sentimos obligados a incurrir en ciertas maniobras para que nuestros jefes crean que estamos trabajando (y no estamos de casualidad porque "fuimos al baño" o nos "estamos preparando un café") cuando en realidad nos estamos esparciendo.

 
El clásico bajar-al-kiosco-sólo-con-la-billetera-pero-dejar-el-tapado-y-la-cartera-en-el-box forma parte del ABC del ejercicio de la abogacía, que los “first-year associates” se ven obligados a asimilar para no ser condenados socialmente por sus pares. Tan es así que en el estudio en el que trabajo hay un mito urbano de una abogada que tenía una cartera de más en su placard y que la dejaba arriba de su escritorio cada vez que se iba, para que los socios creyesen que estaba. Otro típico truco es dejar el escritorio desordenado, las carpetas abiertas y la lámpara prendida (apagarla es autoincriminación y como buenos abogados sabemos que nadie puede ser obligado a declarar contra sí mismo).

 
Sobre todas las cosas, hay que evitar la aparición del enemigo máximo del ocio, conocido como el Malvado, Acusador, Delatador, Nunca Bien Ponderado Protector de Pantalla y del Orden Social del Estudio Jurídico (en adelante, el "Protector de Pantalla").


Doy mi reino (que se reduce a una caja de ahorro en pesos y deudas con Visa) y más para evitar la sentencia de muerte que emite el Protector de Pantalla, rencarnación moderna del Gran Inquisidor Torquemada, que al aparecer, pronuncia para todos cuanto lo divisan, en un perfecto español ibérico, la condena: "ya lo veis, el abogado dueño de este ordenador no está trabajando; aquí tenéis la evidencia de su insolencia que os proveo con mi temida presencia; tiradlo a la hoguera por vago y hereje; ha tentado contra las leyes de Dios, la paz, la armonía y el espíritu de trabajo que debe caracterizar al recto jurista".

 
Por eso, en estos días de feria (en que me sobra tiempo, sumado a mis habituales ganas de pavear), estoy honrando un legado confiado por un brillante colega, cabecilla de la Revolución Guerrillera contra el Protector de Pantalla: usar un pedazo de cinta Scotch para que alguna tecla (del teclado, obvio) quede apretada y, entonces, la computadora siga mágicamente "pensando" (seguramente, se puede modificar algo desde Mi PC y listo, pero soy muy limitada tecnológicamente hablando).
 

 

jueves, 18 de julio de 2013

No seré feliz pero hago découpage


Creo que muchos abogados tienen dotes creativos que nunca se animaron a explotar porque sucumbieron ante la presión paternal de que con ese tipo de profesiones “se iban a morir de hambre”. Entra la abogacía en el escenario. Mágico. Les permite estudiar algo “humanístico” y explotar su lado artístico como hobby.

 

Debe ser por eso que hasta ahora nunca encontré un solo lawyer que no tenga hobbies u otros intereses muy distintos a la abogacía. Y los abogados que no tienen hobbies, es porque entre tantos deals o contestaciones de demandas (en los estudios grandes, rara vez son demandas) no tienen tiempo: están viviendo en el estudio y a su casa (con suerte) sólo vuelven a dormir (cuando pueden).

 

Yo todavía no terminé de dilucidar si la Blackberry y su correspondiente disponibilidad full time (para los legos, cuando se trata de estudios jurídicos, trabajar full time no son las típicas 8 horas de lunes a viernes: es el “full life”, o sea, estar “available” 24/7) es un arma de liberación o de esclavitud.

 

En mi caso, es un claro instrumento de emancipación (cualquier cosa, si llega un mail urgente y no lo contesto, como estamos en Argentina siempre existe la posibilidad de culpar a la compañía telefónica, que es pésima). Y cada vez que puedo, me escapo bien temprano.

 

Por suerte, este último año pude retomar mis hobbies (después de muchos años de desvivirme para estudiar y trabajar y después… sólo trabajar) y la verdad que cada vez que voy a mi clase de pintura, me resuena en la cabeza una frase que me dijo una amiga: “si tenés la necesidad de tener hobbies, es porque tu profesión no te hace feliz”. A veces la rutina y el cansancio logran que uno deje de cuestionarse si está contento o no y, mientras tanto, uno se conforma con los hobbies, que son justamente eso: pasatiempos. Entre pintura, tenis y clase de francés, el tiempo sigue pasando y vos seguís en tu maldito trabajo. Que taaaan maldito no debe ser, si vos seguís ahí.

 

Ustedes, ¿quisieron estudiar algo más creativo? ¿Lo suplantaron con hobbies? ¿O no tienen ni tiempo?

miércoles, 17 de julio de 2013

Contame, ¿vos por qué estudiaste Derecho?


Ahhh, esa odiada pregunta de entrevista. Si le contara toda mi historia a un posible empleador, me desecharía por demente peligrosa para sí y para terceros. O tal vez se identificaría con mi historia y me amaría (sin contratarme, obvio). Quién sabe.

 

De chica, tenía grandes sueños. Quería lograr la cura contra el cáncer, ir a la luna, ser espía de la CIA o, tal vez, ser la Presidente (nunca presidenta) de Naciones Unidas. Como mínimo, quería ser una novelista famosa cual Victoria Holt o periodista de investigación como Woodward y Bernstein.

 

La mediocridad no estaba en mis planes. Me preparaba para el futuro yendo a clases de ciencias los sábados (la pesadilla de mis padres, quienes se tenían que despertar a las 7 AM para llevarme), haciendo experimentos en el sótano de casa (DIY académico), y andaba siempre con  dos cuadernos (uno con apuntes del sistema solar que resumía varios libros de la biblioteca pública y otro con los movimientos de los vecinos –no me juzguen, en esa época estaba de moda Harriet The Spy). También redactaba todas las semanas un “periódico” familiar (The Gazette) para poder incluirlo en mi CV el día que fuese periodista y le daba clases a mis hermanos, usando mi pizarrón (regalo de cumpleaños), para prepararme para el final de mi vida, en que sería una famosa profesora de Harvard.

 

Pasaron los años y me di cuenta que médica no podía ser porque no soporto la sangre; ser argentina y astronauta (o astrónoma) estaba fuera de cuestión; no tenía suficiente imaginación como para ser escritora… entre mil peros bajé las expectativas y me decidí por la ingeniería (¿?).

 

Estudiar ingeniería no resistió el menor análisis: si bien tenía un don para los números, las letras eran mi pasión y los libros, mis amigos. Justiciera (en otras palabras, discutidora insoportable) y argumentadora (por no decir chamullera): la abogacía me venía como  anillo al dedo. Además, me ofrecía la “posibilidad” de escribir, enseñar, pensar, pero, sobre todo, de impartir y hacer justicia en el mundo, algo que parecía tan necesario. Aunque mi abuela suspiró y dijo “¿Derecho? Pensé que ibas a ser mi nieta científica”, yo seguí adelante con mi proyecto. ¿Acaso no fueron casi todos los presidentes argentinos abogados? ¿Y cuántos de nuestros periodistas también lo son?

 

Y acá estoy hoy, “impartiendo justicia” en un estudio grande donde nunca me imaginé trabajando. Resigné mi sed de justicia por un poco de supuesto glamour, y a pesar de haberle vendido el alma al diablo, sigo viendo cómo hago para llegar dignamente a fin de mes, lograr que me aumenten el sueldo, me den un mejor bono y siempre estoy pensando en… mis próximas vacaciones o en conseguirme algo mejor, ¿pero qué?

 

Es que la abogacía es como un mal novio; te miente, pero le crees; te dice que va a cambiar y volvés, todas las mañanas, a darle una oportunidad. Porque realmente pensás que, a la larga, es la profesión indicada para vos. Que si bien la criticás y llegás incluso  a odiarla, la amás sin condiciones y sabés que tu vida no sería la misma sin verla a través del prisma de las posibles liabilities, disclaimers, waivers.